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Mi estanquero y yo

En más de una ocasión he nombrado a mi estanquero (¿debería llamarle ‘extanquero’?). Y es que me tiene realmente obsesionado. La relación con el que ha sido mi proveedor estos últimos 8 años ha sido difusa, irregular, extraña. El estanco (¿debería llamarle ‘extanco’?) me pillaba un poco a desmano. Para llegar tenía que recorrer toda la longitud de mi calle, cruzar otra con demasiado tráfico y sin semáforo cercano, para luego recorrer otra más hasta el otro extremo. Muy complicado para lo que yo estaba acostumbrado. Además, la máquina expendedora del bar de la esquina me pillaba mucho más cerca: a sólo 15 segundos de mi portal. Pero, la pela es la pela, a 15 céntimos de euro de mi bolsillo. Y sin cartones. Por tanto, sólo iba al bar cuando el estanco estaba cerrado o cuando tenía una urgencia, lo cual ocurría en muchas ocasiones. Por ello, hubo un primer y largo tiempo durante el cual la relación fue fría y distante por mis escasas y dispersas visitas. Luego, hubo una temporada, la más reciente, durante la cual lo frecuentaba metódica y disciplinadamente, a veces incluso dos veces por semana. Regular incluso en el horario, lo que me permitía encontrarme siempre con él y no con su madre, mucho más arisca. Esto propició cierto acercamiento entre él y yo. Al poco tiempo, empezó a preguntarme “¿ducados?” nada más verme entrar. Luego continuó regalándome mecheros con cada cartón, aunque creo que sólo a partir de darse cuenta de que yo era su mejor cliente: jamás le compré una cajetilla suelta, si acaso un par, muchas veces tres, la mayoría, ya digo, un cartón. “¿Te doy una bolsa?”, me decía. Al final, incluso, llegamos a tener conversaciones de mostrador al hilo de cualquier cosa que dijera cualquier cliente que pasara por allí, del tiempo, o de lo que fuera.

La cosa es que le he dejado y me preocupo por él. Y como sé de fuente fiable que mi estanquero tuvo problemas con drogas, ahora no puedo dormir pensando en que mi ausencia le pueda hacer recaer. El otro día, mientras yo estaba en clase, vi a su madre desde la ventana. Estaba abajo, como esperando a alguien. Pasó un rato, volví a mirar y ahí seguía. Miré tres o cuatro veces más y no se iba. Pensé que me estaba esperando para darme alguna mala noticia sobre su hijo y pedirme de rodillas que volviera a fumar. Después de unos minutos, miré una vez más y se había ido. Menos mal.

Terrorismo

Terrorismo según la RAE:

1. Dominación por el terror.
2. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.
3. Actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos.

Ahora leed esta noticia sobre el Congreso Nacional de Oncología y decid si es o no un buen ejemplo práctico de terrorismo.

100.000 billones de euros

El coste del hábito de fumar en la UE es de 100 billones de euros anuales“. Eso se leía en múltiples diarios en diciembre del pasado año. En malaprensa analizaron las cifras y, lógicamente, no salían.

Y hay más ejemplos: I y II

Dejar de fumar es cuestión de tiempo

La Universidad de California promete ayudarte en 8 semanas. Larga agonía, ¿no?

En Argentina el programa dura algo menos: 4 semanas, dos antes de dejar de fumar y dos después.

Vivir sin fumar: 6 sesiones de aproximadamente 20 minutos (advertencia: la música de esta web puede acabar con sus nervios en una única sesión de 2 minutos).

Dejar de fumar es fácil con una charla de 6 horas.

Tratamiento combinado personalizado: deje de fumar en media hora.

Deje de fumar sin sufrir: una cassette de 15 minutos que cambiará su vida.

Pero el record mundial lo tienen aquí, donde nos prometen que con 5 segundos de esfuerzo es suficiente.

La sensación más desagradable

De todas esas nuevas sensaciones que se experimentan al dejar de fumar, la que menos me esperaba y que, además, ha resultado más desagradable ha sido una que he tenido hoy por primera vez: no poder abrocharme el botón de los pantalones.