Reubicándome
Me hubiera quedado una semana más. O, tal vez, toda la vida, quién sabe. No. Seguro que no. Pues sí, así estoy, reubicándome en mi mundo, el que me ha parido, ese que genera noticias que ahora no me apetece leer, oir o ver. Paso de todo. Hasta me he acostumbrado a dormir sin radio. Sí, estoy en ese momento -fugaz, lo sé- en el que todo lo de aquí me resbala. Ahora sólo estoy yo y mis niñas saharauis, las que sonreían o se escondían a mi paso, las que me buscaban y las que me huían, las que buscaban mi mirada y luego, encontrada, la rehuían. Las que me pedían caramelos y las que no.
Heila, Hadu, Miki, Hendu, Ebneta… también la hermana de Vía y todo el resto, todas las sin nombre. También había niños como Hussein, de 15 años, que lloraba desconsoladamente en el momento que nos íbamos y al que tuve que pedir un abrazo para que no me viera llorar. Como Chej, que hasta el penúltimo día no quiso dedicarme una sonrisa para una foto, como si me la hubiera estado reservando toda la semana. Como Vía, que no podía dejar de sonreir jamás.
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