Preguntas de un taxista a su retrovisor

Ni libre, ni ocupado:

¿Por qué, pese a los carteles de ‘prohibido fumar’, los usuarios me preguntan si pueden fumar?

¿Por qué siempre les autorizo a fumar (pese a los carteles de ‘prohibido fumar’)?

¿Por qué, tras mi aprobación, siempre me ofrecen un cigarrillo?

¿Por qué siempre rechazo su cigarrillo?

Nota: Soy fumador.

Dilatando el abdomen

Ayer encontré por casualidad esta columna de Juan José Millás publicada el 3 de septiembre de 1999 en El País.

Iba en el avión tratando de no pensar en el tabaco, cuando el señor de al lado comenzó a dilatar el abdomen de un modo repugnante al tiempo que expulsaba por la boca un hilillo de aire amenizado con saliva. Era evidente que se trataba de un loco, de modo que hice señas a la azafata, por si se tratara de un loco agresivo, y cuando se acercó le dije al oído lo que sucedía. “Este hombre no hace más que dilatar el abdomen y a mí me da mucho asco”. “No se preocupe, se trata de un fumador con síndrome de abstinencia. iberia ha recomendado a los fumadores que dilaten el abdomen y expulsen el aire poco a poco. Es lo último en métodos para combatir la adicción al alquitrán”.Pensé, como es lógico, que la azafata estaba loca también y decidí darle la razón mientras encontraba la oportunidad de advertir al comandante. En esto, mi vecino comenzó a observar el minutero del reloj con una atención desmesurada mientras mantenía el abdomen más dilatado que una garrapata. El aire empezaba a salírsele por las costuras. Y por las orejas. Parecía un neumático en plena agonía. Comencé a inquietarme seriamente y a la primera oportunidad abandoné el asiento e hice como que iba a los lavabos de la parte delantera. Vi a otros tres o cuatro locos dilatando el abdomen mientras contenían la respiración y se fijaban como obsesos en la esfera del reloj. Quizá viajaba con nosotros un manicomio entero, pensé aterrorizado, así que en un descuido de la azafata me colé en la cabina de mando y encontré al comandante fumando como un carretero. Le dije que el avión iba lleno de locos con el abdomen dilatado y me dijo que no, que eran fumadores a quienes la compañía había recomendado hacer ese asqueroso ejercicio para aliviar el mono. “Pues casi sería preferible que fumaran”, dije yo. “No estoy dispuesto a ir hasta Buenos Aires al lado de un individuo con el abdomen dilatado. Por cierto ¿me da usted una calada?.” “De eso nada: dilate el abdomen como todo el mundo”. Ya en Buenos Aires, y después de haber estado tantas horas sin fumar, decidí que era la oportunidad de dejarlo. Y lo dejé, pero ahora no puedo dejar de dilatar el abdomen, lo que resulta socialmente peor visto que fumar.

Con “T” de tabaco

Creo que la única manera de acabar con los estudios de Hollywood, si alguien estuviera interesado en ello, sería llevarlos a los tribunales por la promoción del cigarrillo llevada a cabo entre los treinta y los sesenta, en vez de perder el tiempo pleiteando contra las compañías tabaqueras, absolutamente inocentes, que no han hecho sino cumplir con aquello para lo que habían sido creadas: fabricar y vender cigarrillos. Pero la verdadera culpable de tanto cáncer de pulmón no es otra que Hollywood, que durante décadas ha glamourizado el fumar y lo ha introducido de forma subconsciente, como paradigma de la pose hoeroica, en los frágiles cerebros de los espectadores.

Pero mucho más grave aún que habernos hecho adictos al tabaco, es la nueva campaña paralela y parapolicial contra el pobre fumador, su antigua víctima. El Hollywood actual, en un 90% brazo audiovisual del nuevo orden mundial, ha decidido identificar fumador no ya con villano, lo cual podría ser hasta excitante, sino con violador de niños, asesino en serie, narcotraficante sudamericano y otros modernos superhéroes. Así, según el nuevo código en vigor dictado por los últimos manuales de psicología recreativa, los buenos han dejado automáticamente de fumar y los malos fuman. Si los malos son muy malos, como el capitán Garfio de la estúpida Hook, fuman dos puros a la vez gracias a una boquilla bífida. Si el héroe es alguien que camina indeciso por esa línea fina que separa el bien y el mal, tipo el Michael Douglas de Instinto básico, estará intentando dejarlo. El que lo consiga o no, estará en función de hacia qué lado de la línea se decante. El colmo de todo esto serían los malos del futuro que imagina Waterworld, que además de fumar como descosidos, son conocidos como Smokers.

En un futuro, un tercer paso en el descenso a los infiernos sería no proyectar nunca más las películas clásicas en las que tanto se fumaba. Como la mayoría son en blanco y negro, no se perdería tanto. Y los jóvenes cinéfilos del mañana las verían en copias piratas y en proyecciones clandestinas. Claro que no hará falta llegar a tan lejos pues la tecnología actual nos permite, por fin, conseguir que Bogart deje el tabaco, medio siglo después de morir de cáncer de pulmón.

Extraído del libro “Mi diccionario de cine” de Fernando Trueba.

Cambio climático

No podían tardar, se les ve venir. Ya se están dando los primeros pasos para intentar acusar a los fumadores del supuesto cambio climático:

Un estudio publicado en la revista Tobacco Control demuestra como el humo de algunos motores diesel contaminan menos que el humo de tabaco producido por ciertos cigarrillos.

Hago notar lo de ”supuesto cambio climático“.

Vía ProhibidoFumar y Erenovable.

Cerebros dañados

InsulaVisto en la BBC:

El descubrimiento de individuos con daño cerebral que tienen facilidad para dejar el cigarrillo podría mostrar el camino para un “remedio” quirúrgico contra la adicción al cigarrillo, sostienen científicos estadounidenses.

La zona cerebral específica que sufrió daño en estos casos, llamada la ínsula, parece tener un papel esencial en el ansia de fumar, dijo el equipo científico a la revista académica Science. Un hombre que había fumado 40 cigarrillos al día dejó el hábito inmediatamente después de sufrir un derrame cerebral que le afectó la ínsula. Pero el principal autor del estudio, Antoine Bechara, de la Universidad del Sur de California y de la Universidad de Iowa hizo una advertencia:

“La ínsula también lleva a cabo muchas funciones normales diarias, así que querríamos sólo interferir con las funciones que pueden interrumpir los malos hábitos como el de fumar”. La ínsula recibe la información de otras partes del cuerpo y se cree que ayuda a traducir estas señales a impulsos que se pueden sentir subjetivamente, como el hambre, el dolor o un ansia.

El equipo médico del doctor Bechara estudió 69 fumadores que sufrieron daños cerebrales. 19 habían sufrido daños a la ínsula. De estos, 13 dejaron de fumar. Todos ellos, salvo uno, lo lograron con facilidad y sin el ansia acostumbrada.

“El descubrimiento más notorio de este estudio es que el daño a una zona particular del cerebro podría bloquear el ansia”. Agrega Matthews: “¿Podría un neurocirujano implantar electrodos de estimulación para hacer lo mismo? ¿Podría haber un ‘remedio’ quirúrgico para los fumadores?”.

El descubrimiento y las posibilidades que se plantean estos científicos me parecen surrealistas. Resulta que ahora conspiran para dañarnos el cerebro para ser “normales”. Quién sabe, a lo mejor si siguen investigando descubren que lo que les pasa a algunos no fumadores es que tienen el cerebro dañado de nacimiento. Que empiecen por Elena Salgado y los miembros de la Comisión Europea.

La ilustración está sacada de El Mundo.

Sigmund Freud, psicoanalista

Fumar es indispensable si no se tiene a nadie a quien besar.

Sutil

Delgado, delicado, tenue, agudo, perspicaz, ingenioso. He de reconocer que, de vez en cuando, me topo con un mínimo de ingenio en el bando contrario.

Filosofía en un restaurante

Este sketch de Juan Carlos Carlos Ortega para La Radio de Julia me da pie para recordar que el próximo 2 de febrero, este genio del humor estrena late night propio: La noche americana. En la web de Cuatro se puede ver el video de promoción. Por fin un programa para él solo. Me alegro por ti, Juan Carlos, a pesar de que me hiciste pasar uno de los peores ratos de mi vida cuando al finalizar el sketch de tu debut en La Ventana me llamaste entusiasmado para preguntarme si me había gustado y yo -horror- no lo había escuchado.

Extrujado en la sección de opinión de El País

Desde ayer en la edición digital de El País, y dentro de la sección de opinión, han tenido el detalle de incluirme como invitado en su Blog de bloggers. Hubiera querido que fuera otro el artículo que me publicaran, pero ahí estoy, rodeado por el editorial, Forges, El Roto, Eduardo Mendoza y Eva al desnudo.

 

Soy lo que fumo

¿Soy rubio? No. Y cuando fumaba tabaco negro tampoco era negro. Tengo los dedos amarillos, eso sí. Algo es algo. También el gotelé de las paredes de mi apartamento de alquiler comienza a tomar cierta tonalidad pajiza… El contrato no me deja meter animales, pero lo que el casero no sabía cuando me lo alquiló es que el animal era yo, que fumo como un auténtico bestia. Cuando me vaya le diré: “Te he pintado el piso de amarillo, espero que no te importe. Ha quedado precioso. Ah, y las cortinas no las he lavado porque así hacen juego con las paredes“.

¿Alguien ha visto el programa de Cuatro Soy lo que como? Está hecho a la medida del Ministerio de Sanidad. Lo malo es que a los únicos que miden son a los voluntariosos participantes. Les miden, les pesan… A ellos y a su frigorífico. “Esto fuera, esto ni se te ocurra, esto es pecado, esto mata, esto te deja ciego…” En el programa que vi, mostraron a la madre una simulación por ordenador para ver en qué se convertiría su oronda hija de seguir comiendo esas porquerías que ella le daba. Se puso a llorar. He de reconocer que, hace ya algún tiempo y aprovechando que tenía por alumnas a tres médicos forenses, tuve tentaciones de pedir que me dejaran presenciar alguna autopsia de algún fumador irredento y observar sus pulmones directamente. En vivo, en un muerto. Nada de simulación por ordenador. Realidad, por favor, tope realidad. Método Ludovico o terapia de aversión lo llaman. Pero ni por ésas dejo yo esto. Todo lo contrario. Sirva como ejemplo que, cuando estaba viendo el programa de Cuatro, me dieron ganas de apagar el televisor, dar un viaje a la cocina, zamparme la caja de seis donuts que había comprado esa tarde y, luego, fumarme dos paquetes de cigarrillos.

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