Lecciones de medicina
Ahora ya sabemos donde aprendió House a recetar cigarrillos.
Gracias otra vez, Lamarde. Impagable. Y de propina, otro magistral video de Hugh Laurie y Stephen Fry en el que se ve que el House “paciente” era igualito que el House “médico”.
Sin City -el montaje extrujado- El cliente siempre tiene razón (versión 2.0)
El viento se eleva electrizante. Ella es dulce, cálida, casi etérea. Su perfume es una dulce promesa que hace aparecer lágrimas en mis ojos.
Sin City (el montaje extrujado) - Prólogo “El cliente siempre tiene la razón”
versión 2.0
The Man, Josh Hartnett - The Customer, Marley Shelton
Música: Bang, bang, my baby shot me down, por Nancy Sinatra
Sin City -el montaje extrujado- El cliente siempre tiene razón (versión 1.0)
Se estremece con el viento como la última hoja de un árbol que se muere.
Sin City (el montaje extrujado) - Prólogo “El cliente siempre tiene razón” versión 1.0
The Man, Josh Hartnett - The Customer, Marley Shelton
Música: E lucevan le stelle, de la ópera Tosca (G. Puccini)
Tenor: Franco Corelli
Hace 30 años
Hace treinta años no fumaba más que el humo de mis padres. Por aquella época, solamente iba al colegio y me hacía preguntas como ¿qué demonios será eso de la democracia de la que tanto hablan en los telediarios?
Ahora fumo, pero sigo haciéndome preguntas. ¿Era esto?
¿O esto otro?
Hábitos poco atractivos
Además de falaz, me parece demasiado simple decir que fumar y enredarse la nariz tienen en común ser hábitos poco atractivos. En mi opinión, ponerlos al mismo nivel pasaría por considerarlos dos placeres mal vistos, casi proscritos, que está feo que se ejercerzan ejerzan delante de otras personas y que tienen como resultado sustancias poco agradables que, en ocasiones, no sabemos dónde dejar. Ah, y que yo también aprovecho los semáforos para encender algún pitillo.
Para ser políticamente correcto, esta vez no diré nada sobre las monjas.
Hágame detener
La boda de mi mejor amigo (1997)
Matar un ruiseñor: el libro y la película
—Hola, señor Cunningham.
Por lo visto, él no me oyó.
—Hola, señor Cunningham. ¿Cómo marcha su vinculación?
Estaba bien enterada de los asuntos legales del señor Cunningham; en cierta ocasión Atticus me los había explicado al detalle. El hombre, muy alto, pasó los pulgares por debajo de los tirantes de su mono. Parecía incómodo; carraspeó y apartó la mirada. Mi amistoso saludo había caído en el vacío.
El señor Cunningham no llevaba sombrero; tenía la mitad superior de la frente muy blanca, en contraste con la cara, requemada por el sol, lo cual me hizo pensar que casi siempre llevaba la cabeza cubierta. Entonces movió los pies, protegidos por gruesos zapatos de trabajo.
—¿No me recuerda, señor Cunningham? Soy Jean Louise Finch. Una vez usted nos trajo nueces, ¿se acuerda? —Yo empezaba a experimentar la sensación de ridículo que le invade a uno cuando alguien se niega a reconocernos—. Voy a la escuela con Walter —insistí—. Es su hijo, ¿verdad? ¿Verdad que lo es, señor?
El señor Cunningham se dignó hacer un leve movimiento afirmativo con la cabeza. Después de todo, me había reconocido.
—Va a mi curso y saca buenas notas. Es un buen muchacho —añadí—, un muchacho bueno de verdad. Una vez lo invitamos a comer a casa. Quizá le haya hablado de mi; en una ocasión le pegué, pero él no me guardó rencor y se portó muy bien. Salúdelo de mi parte, ¿querrá hacerlo?
Atticus decía que para ser cortés había que hablar a las personas de lo que les interesaba, no de lo que pudiera interesarnos a nosotros. El señor Cunningham no manifestó el menor interés por su hijo; en consecuencia abordé el tema de su vinculación una vez más, en un desesperado esfuerzo por hacerle sentir cómodo.
—Las vinculaciones son malas.
Le estaba aconsejando cuando empecé a darme cuenta poco a poco de que me dirigía a todos los reunidos. Todos aquellos hombres me miraban; algunos con la boca entreabierta. Atticus había dejado de importunar a Jem; ambos estaban de pie al lado de Dill. De tan atentos, parecían fascinados. Hasta el mismo Atticus tenía la boca entreabierta, actitud que en cierta ocasión nos dijo que era grosera. Nuestras miradas se encontraron, y cerró la boca.
—Verás, Atticus, acabo de decir al señor Cunningham que las vinculaciones son malas y todo lo demás, pero tú dijiste que no había que preocuparse, que a veces lleva mucho tiempo…, que lo superaríais juntos…
Poco a poco se me acabaron las palabras y me pregunté qué tontería había cometido. Al parecer, el tema de las vinculaciones sólo podía mencionarse en la sala de estar.
Noté que el sudor me cubría. Era capaz de soportarlo todo menos un grupo de personas con la mirada fija en mí. Aquellos hombres estaban absolutamente inmóviles.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Atticus no dijo nada. Miré a mi alrededor y levanté la vista hacia el señor Cunningham, cuyo rostro estaba igualmente impasible. Entonces hizo una cosa singular. Se puso en cuclillas y me cogió por los hombros.
—Jovencita, saludaré a mi hijo de tu parte —afirmó.
Luego se levantó de nuevo y agitó su enorme zarpa.
—Vámonos —gritó—. En marcha, muchachos.
Tal como habían llegado, los hombres retrocedieron con paso lento hacia sus destartalados coches. Las puertas se cerraron, los motores tosieron y unos segundos después todos habían desaparecido.
Yo me volví hacia Atticus, pero éste se había ido hasta la cárcel y apoyaba la cara en la pared. Me acerqué a él y tiré de su manga.
—¿Podemos irnos a casa?
Atticus movió la cabeza afirmativamente, buscó el pañuelo, se lo pasó por la cara y se sonó con estrépito.
—¿Señor Finch? —Una voz baja y ronca sonó en la oscuridad—. ¿Se han marchado?
Atticus retrocedió unos pasos y levantó la vista.
—Se han marchado —contestó—. Duerme un poco, Tom. Ya no te molestarán más.
Desde otra dirección, de pronto una voz rasgó vivamente la noche.
—Ya puedes decir que no. Te he protegido todo el tiempo, Atticus.
El señor Underwood y una escopeta de dos cañones asomaban por la ventana de encima de la oficina de The Maycomb Tribune.
Hacía mucho que había pasado la hora de acostarme y estaba muy cansada; parecía que Atticus y el señor Underwood seguirían hablando toda la noche, el señor Underwood desde su ventana y Atticus con la cabeza levantada hacia él. Por fin Atticus regresó, desconectó la luz de encima de la puerta de la cárcel y recogió la silla.
—¿Puedo llevársela, señor Finch? —preguntó Dill.
No había pronunciado ni una sola palabra en todo el rato.
—Naturalmente; gracias, hijo.
De camino a la oficina, Dill y yo caminamos detrás de Atticus y Jem. Con la molestia de la silla, Dill andaba más despacio; Atticus y Jem iban un buen trecho más adelante, y yo presumí que Atticus regañaba airadamente a mi hermano por no haberse marchado a casa, pero me equivoqué. Cuando pasaban por debajo de una farola, Atticus levantó la mano y la pasó, como dando un masaje, por la cabeza de Jem; era el único gesto de afecto que solía permitirse.
Con ustedes una de las escenas más grandes de la historia del cine y su correspondiente texto en el libro: Matar un ruiseñor. Nunca puedo evitar estremecerme con ese “Hola, señor Cunningham”.
Smoke, smoke that cigarette
Now I’m a fella with a heart of gold
With the ways of a gentleman I’ve been told
A kind of a guy that wouldn’t even harm a flea
But if me and a certain character met
The guy that invented the cigarette
I’d murder that son of a gun in the first degree
It ain’t that I don’t smoke myself
And I don’t reckon they’ll hinder your health
I’ve smoked them all my life and I ain’t dead yet
But nicotine slaves are all the same
At a pettin’ party or a poker game
Everythin’s gotta stop while you have that cigarette
Smoke smoke smoke that cigarette
puff puff puff
and if you smoke yourself to death
Tell St Peter at the Golden Gate that you hate to make him wait
But you just gotta have another cigarette
Now at a game of chance the other night
Ol’ Dame Fortune was a doin’ me right
The kings and queens just kept on comin’ round
And I got a full and I bettet high
But my bluff didn’t work on a certain guy
He just kept a risin’ and layin’ his money down
He’d raise me and I’d raise him
And I sweated blood you gotta sink or swim
He finally called and he couldn’t raise the bet
I said “aces full pal how about you?
He said “I’ll tell you in a minute or two
But right now I just gotta have another cigarette?
Smoke smoke smoke…
Now the other night I had me a date
With the cutest little gal in the fifty states
One of them highbred up-town fancy little dames
She said she loved me and it seemed to me
That things were just about like they oughta be
So hand in hand we strolled down Lover’s Lane
She was oh so far from a chunk of ice
And our smoochin’ party was a goin’ real nice
So help me Hannah and I think I’d of been there yet
I give her a kiss and a little squeeze
And she said “would you excuse me please
But I just gotta have another cigarette?
Smoke smoke smoke…
Muy gráfico

By Indexed, vía Microsiervos.
Razones
Yo lo haría de muy buen grado, de verdad, pero hay una razón muy poderosa por la cual no hago caso cuando alguien me sugiere amablemente que me meta el cigarrillo por el culo porque le molesta el humo. Por la misma razón tampoco he hecho nunca caso a quienes recomiendan encender cerillas en el baño para mitigar el olor “corporal”.








