Matar un ruiseñor: el libro y la película IV

Al hablar levanté la mano para señalar al hombre del rincón, pero bajé rápidamente el brazo por temor a que Atticus me regañara, ya que señalar era de mala educación.

El hombre seguía recostado contra la pared, en la misma postura que cuando yo había entrado en el cuarto, y con los brazos cruzados sobre el pecho. Cuando lo señalé, bajó los brazos y apretó las palmas de las manos contra la pared. Eran unas manos blancas, de un blanco enfermizo, que no habían visto nunca el sol; tan blancas que a la escasa luz del cuarto de Jem destacaban vivamente sobre el color crema de la pared.

De las manos pasé a los pantalones caqui manchados de arena; mis ojos subieron por su delgado cuerpo hasta la desgarrada camisa de algodón. Tenía la cara tan blanca como las manos, excepto por una sombra en su barbilla saliente. Tenía las mejillas delgadas, chupadas; la boca, grande; en las sienes aparecían unas mellas poco profundas, casi delicadas, y los ojos eran de un color gris tan claro que pensé que era ciego. Tenía el cabello muy fino, y casi plumoso a la altura de la coronilla.

Cuando señalé, las palmas de sus manos se deslizaron ligeramente, dejando un grasiento trazo de sudor en la pared, y hundió los pulgares en el cinturón. Un ligero y extraño espasmo lo agitó, como si oyera unas uñas arañando la pizarra, pero cuando vio que yo lo miraba con admiración, la tensión despareció lentamente de su rostro. Sus labios se entreabrieron en una tímida sonrisa, pero mis repentinas lágrimas difuminaron la imagen de nuestro vecino.

—Hola, Boo —le dije.

¿Por qué se me saltan las lágrimas cada vez que Scout dice “hola”?

Comentarios

Un comentario en “Matar un ruiseñor: el libro y la película IV”

  1. Mondo Gitane el 31/Jul/2007 13:08

    Porque es Vd. un persona sensible y entrañable y además fuma.

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