House versus Marx
La religión no es el opio del pueblo; es el placebo del pueblo.
Ave Signor
¡Salve Señor!
Perdona si mi jerga
no tiene comparación
con los cánticos celestiales.
Perdona si mi rostro
no muestra el halo que orna las sienes
de los supremos querubines.
Perdona si con
mis palabras me arriesgo
a ser reprendido.
Samuel Ramey, en fumador Mefistófele.
Un año largo, largo, largo
No quiero imaginar cómo de largo se le habrá hecho a Javier Armentia, que un día como ayer hace un año coincidimos en fecha para dejar de fumar. Sólo en fecha, no en éxito (aunque eso del éxito en este asunto es muy relativo). A los 4 meses yo seguí mi camino —el del estanco— y él, el suyo.
Yo fumar, fumar, fumar… y trabajar más de lo que desearía. Menos mal que fumo, de lo contrario no sé cómo habría podido sobrevivir a este último año tan largo. En estos tiempos de tanta crisis y tanto desempleo, estoy trabajando más que nunca. Me avergüenzo, pero no por acaparador. No quiero trabajar tanto. Quiero trabajar lo justo. Era muy feliz cuando trabajaba 6 meses al año —me ganaba la vida— no 11.
Hace unos días leí esta anécdota en el blog del SeñorS ambientada en un pueblo de la costa mexicana en el que un paisano está, medio adormecido, junto al mar, cuando un turista norteamericano se le acerca:
El turista le pregunta:
—Y usted, ¿a qué se dedica? ¿En qué trabaja?.
El mexicano responde:
—Soy pescador.
—¡Vaya, pues debe ser un trabajo muy duro! Trabajará usted muchas horas.
—Sí, muchas horas— replica el mexicano.
—¿Cuántas horas trabaja usted al día?.
—Bueno, trabajo tres o cuatro horitas.
—Pues no me parece que sean muchas. ¿Y qué hace usted el resto del tiempo?
—Vaya. Me levanto tarde. Trabajo tres o cuatro horitas, juego un rato con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y luego, al atardecer, salgo con los amigos a tomar unas cervezas y a tocar la guitarra.
El turista norteamericano reacciona inmediatamente de forma airada y responde:
—Pero hombre, ¿cómo es usted así?
—¿Qué quiere decir?
—¿Por qué no trabaja usted más horas?
—¿Y para qué?—, responde el mexicano.
—Porque así al cabo de un par de años podría comprar un barco más grande.
—¿Y para qué?
—Porque un tiempo después podría montar una factoría en este pueblo.
—¿Y para qué?
—Porque luego podría abrir una oficina en el distrito federal.
—¿Y para qué?
—Porque más adelante montaría delegaciones en Estados Unidos y en Europa.
—¿Y para qué?
—Porque las acciones de su empresa cotizarían en bolsa y usted se haría inmensamente rico.
—¿Y para qué?
—Pues para poder jubilarse tranquilamente, venir aquí, levantarse tarde, jugar un rato con sus nietos, dormir la siesta con su mujer y salir al atardecer a tomarse unas cervezas y a tocar la guitarra con los amigos.
El SeñorS recogió la anécdota de una conversación entre Carlos Taibo y Jose Luis Sampedro que todavía tengo pendiente leer completa. Unos días antes, también el SeñorS citaba a Nietzsche:
… hoy nos avergonzamos del reposo, la larga meditación ocasiona ya casi remordimientos, reflexionamos reloj en mano, comemos con los ojos fijos en la gaceta de la bolsa, vivimos como alguien que temiera constantemente dejar escapar alguna cosa.
Ayer en televisión, en un reportaje sobre españoles que una vez escaparon de la ¿civilización? rumbo al sáhara marroquí, alguien decía:
Los turistas tienen el reloj, yo tengo el tiempo.
Pues eso. Que estos días presumo de la pasta que gano (que tampoco es tanta) cayendo en la triste incertidumbre de vacas más flacas. Pero preferiría haber seguido pescando sin que ningún maldito turista yanqui me viniera a susurrar al oido.


