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Humo y libertinaje

Escribe Margarita Rivière: 

Apenas faltan tres semanas para que los fumadores, por el peso de la ley, pasen a ser delincuentes sociales en España. En las Naciones Unidas ya no admiten a trabajadores que fumen; imagino que consideran que los fumadores son seres incapacitados, dependientes de un innombrable vicio, gentes sospechosas de moralidad dudosa.

Lee el artículo completo de Margarita Rivière en El País

Por cierto, hoy se aprueba La Prohibición de forma definitiva.

Elogio estético del tabaco

Un artículo de Umbral que encontré aquí y que ahora copio y pego acá. Elogio estético del tabaco, por Francisco Umbral:

En este monográfico contra el tabaco puedo permitirme un elogio del tabaco, yo, que no soy fumador ni lo he sido nunca. Es, inevitablemente, el elogio estético del tabaco, del fumar y del fumador. Creo que hay un libro de José Luis Garci, titulado “Fumar de cine”, dentro de la serie cinematográfica de este director y escritor. A lo mejor es el único que no hay, el que le falta por escribir. El oficio de fumar forma parte de la gestualidad del hombre occidental. Recuerdo a Camilo José Cela en la ceremonia de su nombramiento como doctor honoris causa de una gran universidad: de pronto, entre los ropones de rigor y bajo el chapiri también de rigor, surgieron las manos de Cela liando un cigarrillo de picadura en una pausa. Los buenos fotógrafos no se perdieron esta fotografía, la mejor de todas y el resumen gráfico de la personalidad de Cela: una cabeza de catedrático y unas manos de labrantín gallego y fumador.

Hoy ya nadie lía los cigarrillos, pero a mí, en la infancia, me fascinaba ese oficio de liarse un pito de la petaca de marroquinería para luego echar un humo casi ferroviario. Mi torpeza manual me impidió siempre liar un pito entre los amigos, y creo que ahí está el origen de mi abstinencia tabáquica. Porque lo más gustoso de fumar era el prólogo, como lo más gustoso de escribir una novela es la introducción. Presumo de no haber fumado nunca, ahora que lo progre es no fumar, pero la realidad es la que he contado, que yo no soy fumador porque nunca supe hacerme el canuto. Luego, cuando vino el tabaco rubio americano y aquello de «es la hora de fumar un Camel», a mí se me había pasado esa hora, porque el tabaco es un pecado de adolescencia, una adolescencia que dura toda la vida o toda la muerte.

Cuando me han otorgado el ilustre ropón de alguna universidad, he querido imitar el detalle de Camilo y, a falta de tabaco, he sacado ante los fotógrafos una petaca llena de whisky. Sin tabaco no habría galanes como Humphrey Bogart o Gary Cooper. Sin galanes como éstos no habría película, sin película no habría cine y sin cine no habría penumbra donde meter mano a la novia los domingos.

El tabaco, pues, es toda la estética del siglo XX y los personajes de novela también fuman mucho y los autores fuman en pipa. En el cine es más frecuente la pipa larga y esbelta con el cigarrillo en la punta, como recurso de la mujer para lucir las manos de largas uñas azules. Sin ese tabaco de boquilla no habría vampiresas como Marlene Dietrich o Rita Hayworth y sin las vampis tampoco habría película. El cine ha difundido la estética americana por el mundo y esa estética nace del cigarrillo. Qué sería de Casablanca sin siquiera una cajetilla de rubio.

César González-Ruano enviaba todas las mañanas al botones del café a comprarle en el Casino una cajetilla de cigarrillos egipcios. En el Casino de Madrid los liaban exclusivamente para él. Con el primero de estos cigarrillos empezaba el primer artículo. Yo asistía perplejo y fascinado a la operación. Luego he escrito en mi vida miles o millones de artículos, pero prometo que jamás he empezado por un cigarrillo egipcio.

César, que era muy fotogénico, salió en una película de embajador, fumando como sólo él sabía, pero le doblaron la voz, que era magnífica, por esas cosas del cine, y parecía otro señor. Además de una estética, el mundo del tabaco rubio es ya una estadística. El Camel, el Winston, el Marlboro, etcétera, las grandes marcas americanas, parece que han suprimido el Bisonte, más conocido por Bisontefiel. El propio Chesterfield, el Bubi, son nombres que nos remiten cada uno a una clase social, a una manera de vida, a una época ya pasada, pues aunque uno no haya fumado nunca el tabaco está tan incardinado en nuestra biografía que estas marcas y otras se cargan de nostalgia. Yo percibía que las mujeres olían muy bien, pero los hombres olían a tabaco, que es como oler dos veces a hombre. Porque el tabaco es masculino, es un tiarrón que te tumba y nunca ha acabado de hacer fuego con las vampis que decíamos antes. El protagonista de Los cuatrocientos golpes, que es un chico, hace estos versos: «Me han puesto un castigo cruel por pintar una vampi en un papel». También han desaparecido las vampis, con el humo de sus cigarrillos. Ahora pienso que la larga boquilla era una medida higiénica para que la señorita alejase de sí el humo de lo que estaba fumando.

Recuerdo que a los veinte años fumé un cigarro puro que me dio un amigo y devolví toda la comida, y luego mi amigo me llevó a casa. Me metí en la cama y dormí hasta el día siguiente. Aquel puro sabía malísimo y me decepcionó no encontrar en él el dulzor amargo de los puros de chocolate que nos daban por Navidad. Aquello de liar el cigarrillo era una pausa secreta que el trabajador y el oficinista se tomaban ante el jefe. Esta pausa había que respetarla, pero se conoce que los patronos protestaron ante la Tabacalera y entonces empezaron a venderse los cigarrillos ya liados. El intermedio en esta lucha fue la máquina de liar pitillos. Era algo así como la maquinilla de moler café, pero en más pecado. Los padres mandaban a los hijos liarles unos pitillos y aquí tenemos el origen genealógico del vicio de fumar, que pasaba de padres a hijos a través de aquella falsa tostadora de café, pues el premio para el chico era un cigarrillo, incluida la libertad de fumárselo delante de la madre, como una cosa obscena y provocadora.

Con la estética del fumar pasé aquel cine de los 40/50, que es el mejor que se ha hecho nunca, con sus dos géneros épicos: el thriller y el western. Todos aquellos gangsters y pistoleros han desaparecido convertidos en estúpidos marcianos infantiloides. El cine nació para llevar a los niños y a los niños vuelve. Bastaría un pase multitudinario y obligatorio de Casablanca para que el personal volviese a fumar como fumaba Bogart. El tabaco será sustituido por las drogas como arma social, pero hemos perdido una estética, como perdimos el ballet ruso o aquellos automóviles cuadrados donde todas las mujeres eran fáciles y todos los caminos difíciles.

Hay actores famosos que no serían tales sin el arte de fumar, como hay jefes de negociado a quienes sólo les aporta alguna autoridad el tabaco negro que van fumando mientras acumulan quinquenios. Bogart era un gran actor, pero sobre todo era un personaje. El cine ha tenido sus tótems y sus tabúes. A lo primero está el león de la Metro, luego el bigotito de Chaplin, las ligas de Marlene y así todo un roperío selecto que culmina en la gabardina de Bogart. El cigarrillo de Bogart era un tabaco cínico que le permitía al héroe hacer pausas, silencios de donde nacían sus frases hoy universalizadas. «Siempre nos quedará París». ¿Siempre nos quedará el tabaco? Me temo que sí, porque el hombre es poco más que un alegre suicida.

Cada uno vive (y se mata) como le viene en gana

Vía Rebelión, me topo con un artículo de Santiago Alba Rico en Novas de Galiza:

Hace un par de meses la portada de un periódico nos daba la siguiente noticia: “Un ejemplo de superación: el piloto Alex Zanardi vuelve a conducir un coche dos años después de perder las dos piernas en un accidente”. Mientras leía este titular se me ocurría espontáneamente, en una asociación involuntaria, otro igualmente sensato: “El triunfo de la voluntad: el ex-fumador Zano Alessandri vuelve a fumar dos años después de perder un pulmón a causa de un cáncer”.

He aquí dos hombres -Alex Zanardi y Zano Alessandri- hermanados por su obstinado deseo de perder la vida a toda costa y, frente a ellos, una sociedad que se rinde admirada ante el suicida más rico, que depende para sus propósitos de un aparatoso BMW, y desprecia y rechaza, en cambio, al que sólo necesita para matarse un diminuto paquete de cigarrillos.

El artículo completo aquí.

Los libros y el tabaco

Juan José Millás: “Una señora me pidió en unos grandes almacenes que le dedicara un libro. Lo firmé, se lo entregue, sonrió. ‘Es para cuando deje de fumar’ – dijo.”

En Naiandei podéis leer el artículo de Millás completo… y muchos otros del mismo autor.

Mano dura

Juan José Millás: “Me pregunto si después de incluir en los paquetes de tabaco escenas mortuorias que induzcan, si no al arrepentimiento, al pánico, no se debería obligar a los estanqueros a trabajar en la clandestinidad.

El artículo completo en la web de Los Genoveses.

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