Watson siempre me pareció un coñazo
Watson era un tipo gris, tedioso. Un médico, al fin y al cabo. Lean El signo de los cuatro, de Sir Arthur Conan Doyle, también conocida como La vida privada de Sherlock Holmes según Watson:
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-¿Qué ha sido hoy: morfina o cocaína?
Levantó sus ojos con languidez del viejo libro de caracteres góticos que había abierto.
-Cocaína -dijo-. Una solución al siete por ciento. ¿Le gustaría probarla?
-De ninguna manera -contesté con brusquedad-. Mi constitución fisica no ha superado aún por completo la campaña del Afganistán. No puedo permitirme el someterla a ninguna tensión anormal.
Holmes sonrió ante mi vehemencia.
-Quizá tenga usted razón, Watson - dijo- . Me imagino que su influencia es físicamente mala. Sin embargo, encuentro que estimula y aclara la mente de una forma tan trascendental, que sus efectos secundarios me resultan pasajeros.
-¡Reflexione usted! -le dije con viveza-. ¡Calcule el coste resultante! Quizá su mente se estimule y se excite, según usted asegura; pero es mediante un proceso patológico y morboso, que provoca cambios en los tejidos y que pudiera dejar al cabo de un tiempo una debilidad permanente. Sabe usted, además, qué funesta reacción se produce cuando finalizan sus efectos. Le aseguro que es un coste demasiado caro. ¿Para qué correr el riesgo, por un simple placer pasajero, de perder esas grandes facultades de que usted se halla dotado? Tenga presente que no le hablo tan sólo como amigo, sino como médico a una persona de cuyo estado físico es, hasta cierto grado, responsable. No pareció ofenderse. Al contrario, juntó las puntas de ambas manos, apoyó los codos en los brazos del sillón, como quien siente deseos de conversar, y dijo:
-Mi mente se subleva ante el estancamiento. Proporcióneme usted problemas, proporcióneme trabajo, déme los más abstrusos criptogramas o los más intrincados análisis, y entonces me encontraré en mi ambiente. Podré prescindir de estimulantes artificiales. Pero odio la aburrida monotonía de la existencia. Deseo fervientemente la exaltación mental. Ahí tiene por qué he elegido esta profesión a que me dedico, o, mejor dicho, por qué razón la he creado, puesto que soy el único en el mundo que la practica.
-¿El único detective privado? -le dije, arqueando mis cejas.
-El único detective privado con consulta -me contestó-. Soy el más alto y supremo tribunal de apelación en el campo de la investigación criminal. [...] Soy culpable de varias monografías. Todas ellas sobre temas técnicos. Aquí tiene usted, por ejemplo, una “Sobre las diferencias entre las cenizas de las distintas clases de tabacos“. Enumero en ella las clases de tabaco de ciento cuarenta formas de cigarros, cigarrillos y preparados para pipa, y lleva láminas en colores en las que se ilustran las diferencias de cada ceniza. Es un extremo que sale todos los días en los procesos criminales y hay ocasiones en que resulta de importancia suprema como clave. Es evidente que el campo de búsqueda se estrecha de una manera notable si se puede afirmar de modo terminante que el autor de un asesinato es un individuo que fumaba tabaco lunkoh, de la India. El ojo adiestrado encuentra entre la ceniza oscura de un Trichinopoli y la pelusa blanca del tabaco Ojo de pájaro, una diferencia tan grande como entre un repollo y una patata.
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Ved ahora La vida privada de Sherlock Holmes según Billy Wilder:
Capítulo 1
Capítulo 2
Con faldas y a lo loco
Con faldas y a lo loco (Some like it hot), de 1950. Otra de Wilder, con un Lemmon esta vez embelesando a Joe E. Brown. En la parte trasera del bote, aunque no se les ve, están Marilyn Monroe y Tony Curtis juntando labios.
Irma, la dulce
Irma, la dulce (1963), otro peliculón del señor Billy Wilder con Shirley MacLaine y Jack Lemmon. Ella vestía de verde y fumaba Gitanes… “Eres un encanto. Bésame“, le dice. Dios santo, ¿no es para derretirse? No puede extrañarnos que Jack Lemmon se muera por ella, figuradamente claro. Y lo del estanquero-camarero es la descojonación. Algún día montaré otro video con su currículum.
Un último cigarrillo
¿Alguien sabe dónde venden esas cerillas que se encienden con la uña? ¿O debería preguntar dónde demonios venden esas uñas con que encienden las cerillas? El corte es de la película Perdición (Double indemnity) de Billy Wilder. Si no la habéis visto y os he destripado el final, lo siento. Haberla visto antes, que habéis tenido 60 años para hacerlo, coño.
Este video sería perfecto para contaros que dejo de fumar otra vez pero, sintiéndolo mucho, no es así.
Charles Laughton en ‘Testigo de Cargo’
Aunque este corte de la película Testigo de cargo (Billy Wilder, 1957) no tuviera nada que ver con el tabaco, también lo publicaría. El prestigioso abogado Sir Wildfrid, después de 2 meses en cama, vuelve a trabajar a su despacho acompañado por una ‘encantadora’ enfermera.







