Mi carta a los Reyes Magos
PD1: Baltasar, majo, para regalarme este libro sólo tienes que pinchar aquí.
PD2: Los cigarrillos son sublimes, y algunos fumadores también.
PD3: Extracto e información sobre el libro.
Atticus
Atticus Finch no hacía nada que pudiera despertar la admiración de nadie: no cazaba, no jugaba al póker, no pescaba, no bebía, no fumaba… Se sentaba y leía.
Matar un ruiseñor, de Harper Lee.
Matar un ruiseñor: el libro y la película VI
Transcribo lo que el sheriff Heck Tate le dice a Atticus tanto en el libro como en la película:
No existe ninguna ley que prohíba a un ciudadano hacer cuanto pueda por evitar que se cometa un crimen, que es precisamente lo que él ha hecho; pero quizá usted considere que tengo el deber de comunicarlo a toda la ciudad en lugar de silenciarlo. ¿Sabe lo que pasaría entonces? Que todas las señoras de Maycomb, incluída mi esposa, correrían a llamar a la puerta de ese hombre llevándole pasteles exquisitos. A mi manera de ver, coger al hombre que les ha hecho a usted y a la ciudad un favor tan grande y exponerlo a la luz pública, con su timidez… para mí, esto sería pecado. Es un pecado y no estoy dispuesto a cargarlo sobre mi conciencia. Si se tratase de otro hombre sería distinto. Pero con éste no puede ser, señor Finch.
¿Conocéis a algún Boo Radley?
Matar un ruiseñor: el libro y la película V
—Da la vuelta y ven aquí hijo, tengo algo que te va a calmar.
Como el señor Dolphus Raymond era un hombre malo, acepté su invitación a regañadientes, pero seguí a Dill. No sé por qué razón no creía que a Atticus le gustase que nos hiciésemos amigos del señor Raymond, y sabía perfectamente que a la tía Alexandra no le gustaría.
Toma —dijo, ofreciendo a Dill su bolsa de papel con las dos pajas—. Bebe un buen sorbo; esto te aliviará.
Dill dio una chupada a las pajas, sonrió, y luego chupó un largo rato.
—¡Eh, Eh! —exclamó el señor Raymond, visiblemente complacido de corromper a un chiquillo.
—Dill, ten cuidado —le avisé.
Dill soltó las pajas y sonrió.
—Scout, no es más que coca-cola.
El señor Raymond se sentó y apoyó la espalda en el tronco del roble. Hasta entonces había permanecido tendido en la hierba.
—No me delataréis ahora, ¿verdad que no? Si lo descubrieseis, arruinaríais mi reputación.
—¿Quiere decir que todo lo que bebe de esa bolsa es coca-cola? ¿coca-cola y nada más?
—Sí, señorita —confirmó el señor Raymon. Me gustaba el olor que desprendía, a cuero, caballos y semillas de algodón. Llevaba las únicas botas inglesas de montar que había visto en mi vida—. Es lo único que bebo la mayor parte del tiempo.
—Entonces ¿usted únicamente finge que está medio…? Le pido perdón, señor. —Me contuve a tiempo—. No pretendía ser… —El señor Raymond soltó una risita, sin mostrarse para nada ofendido, y yo intenté formular una pregunta discreta—: ¿Por qué actúa de ese modo?
—Bah…, oh, sí, ¿queréis decir por qué finjo? Es muy sencillo —contestó—. A ciertas personas no les… gusta mi manera de vivir. Bien, yo podría mandarlas al diablo, total, si no les gusta no me importa. Y eso se lo digo, en efecto, pero no las mando al diablo, ¿comprendéis?…
Dill y yo contestamos al unísono:
—No, señor.
—Yo procuro proporcionarles una explicación, ya lo veis. La gente se siente satisfecha si puede encontrar una explicación. Si cuando vengo a esta ciudad, que es muy raramente, muy de tarde en tarde, me bamboleo un poco y bebo de esa bolsa, la gente puede decir que Dolphus Raymond es un esclavo del whisky y por eso no cambia de conducta. No es dueño de sí mismo, por eso vive como vive.
—Pero no está bien, señor Raymond, que se fijan usted más malo de lo que ya es.
—No está bien, pero a la gente le resulta muy útil. Entre nosotros, señorita Finch, yo no soy un gran bebedor, pero ya ves que los demás nunca, nunca sabrían comprender que vivo como vivo porque es la manera en que quiero vivir.
Jesus’ blood never failed me yet
never failed me yet
Jesus’ blood never failed me yet
this one thing i know
that He loves me so
By Gavin Bryars
Matar un ruiseñor: el libro y la película IV
Al hablar levanté la mano para señalar al hombre del rincón, pero bajé rápidamente el brazo por temor a que Atticus me regañara, ya que señalar era de mala educación.
El hombre seguía recostado contra la pared, en la misma postura que cuando yo había entrado en el cuarto, y con los brazos cruzados sobre el pecho. Cuando lo señalé, bajó los brazos y apretó las palmas de las manos contra la pared. Eran unas manos blancas, de un blanco enfermizo, que no habían visto nunca el sol; tan blancas que a la escasa luz del cuarto de Jem destacaban vivamente sobre el color crema de la pared.
De las manos pasé a los pantalones caqui manchados de arena; mis ojos subieron por su delgado cuerpo hasta la desgarrada camisa de algodón. Tenía la cara tan blanca como las manos, excepto por una sombra en su barbilla saliente. Tenía las mejillas delgadas, chupadas; la boca, grande; en las sienes aparecían unas mellas poco profundas, casi delicadas, y los ojos eran de un color gris tan claro que pensé que era ciego. Tenía el cabello muy fino, y casi plumoso a la altura de la coronilla.
Cuando señalé, las palmas de sus manos se deslizaron ligeramente, dejando un grasiento trazo de sudor en la pared, y hundió los pulgares en el cinturón. Un ligero y extraño espasmo lo agitó, como si oyera unas uñas arañando la pizarra, pero cuando vio que yo lo miraba con admiración, la tensión despareció lentamente de su rostro. Sus labios se entreabrieron en una tímida sonrisa, pero mis repentinas lágrimas difuminaron la imagen de nuestro vecino.
—Hola, Boo —le dije.
¿Por qué se me saltan las lágrimas cada vez que Scout dice “hola”?
Matar un ruiseñor: el libro y la película
—Hola, señor Cunningham.
Por lo visto, él no me oyó.
—Hola, señor Cunningham. ¿Cómo marcha su vinculación?
Estaba bien enterada de los asuntos legales del señor Cunningham; en cierta ocasión Atticus me los había explicado al detalle. El hombre, muy alto, pasó los pulgares por debajo de los tirantes de su mono. Parecía incómodo; carraspeó y apartó la mirada. Mi amistoso saludo había caído en el vacío.
El señor Cunningham no llevaba sombrero; tenía la mitad superior de la frente muy blanca, en contraste con la cara, requemada por el sol, lo cual me hizo pensar que casi siempre llevaba la cabeza cubierta. Entonces movió los pies, protegidos por gruesos zapatos de trabajo.
—¿No me recuerda, señor Cunningham? Soy Jean Louise Finch. Una vez usted nos trajo nueces, ¿se acuerda? —Yo empezaba a experimentar la sensación de ridículo que le invade a uno cuando alguien se niega a reconocernos—. Voy a la escuela con Walter —insistí—. Es su hijo, ¿verdad? ¿Verdad que lo es, señor?
El señor Cunningham se dignó hacer un leve movimiento afirmativo con la cabeza. Después de todo, me había reconocido.
—Va a mi curso y saca buenas notas. Es un buen muchacho —añadí—, un muchacho bueno de verdad. Una vez lo invitamos a comer a casa. Quizá le haya hablado de mi; en una ocasión le pegué, pero él no me guardó rencor y se portó muy bien. Salúdelo de mi parte, ¿querrá hacerlo?
Atticus decía que para ser cortés había que hablar a las personas de lo que les interesaba, no de lo que pudiera interesarnos a nosotros. El señor Cunningham no manifestó el menor interés por su hijo; en consecuencia abordé el tema de su vinculación una vez más, en un desesperado esfuerzo por hacerle sentir cómodo.
—Las vinculaciones son malas.
Le estaba aconsejando cuando empecé a darme cuenta poco a poco de que me dirigía a todos los reunidos. Todos aquellos hombres me miraban; algunos con la boca entreabierta. Atticus había dejado de importunar a Jem; ambos estaban de pie al lado de Dill. De tan atentos, parecían fascinados. Hasta el mismo Atticus tenía la boca entreabierta, actitud que en cierta ocasión nos dijo que era grosera. Nuestras miradas se encontraron, y cerró la boca.
—Verás, Atticus, acabo de decir al señor Cunningham que las vinculaciones son malas y todo lo demás, pero tú dijiste que no había que preocuparse, que a veces lleva mucho tiempo…, que lo superaríais juntos…
Poco a poco se me acabaron las palabras y me pregunté qué tontería había cometido. Al parecer, el tema de las vinculaciones sólo podía mencionarse en la sala de estar.
Noté que el sudor me cubría. Era capaz de soportarlo todo menos un grupo de personas con la mirada fija en mí. Aquellos hombres estaban absolutamente inmóviles.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Atticus no dijo nada. Miré a mi alrededor y levanté la vista hacia el señor Cunningham, cuyo rostro estaba igualmente impasible. Entonces hizo una cosa singular. Se puso en cuclillas y me cogió por los hombros.
—Jovencita, saludaré a mi hijo de tu parte —afirmó.
Luego se levantó de nuevo y agitó su enorme zarpa.
—Vámonos —gritó—. En marcha, muchachos.
Tal como habían llegado, los hombres retrocedieron con paso lento hacia sus destartalados coches. Las puertas se cerraron, los motores tosieron y unos segundos después todos habían desaparecido.
Yo me volví hacia Atticus, pero éste se había ido hasta la cárcel y apoyaba la cara en la pared. Me acerqué a él y tiré de su manga.
—¿Podemos irnos a casa?
Atticus movió la cabeza afirmativamente, buscó el pañuelo, se lo pasó por la cara y se sonó con estrépito.
—¿Señor Finch? —Una voz baja y ronca sonó en la oscuridad—. ¿Se han marchado?
Atticus retrocedió unos pasos y levantó la vista.
—Se han marchado —contestó—. Duerme un poco, Tom. Ya no te molestarán más.
Desde otra dirección, de pronto una voz rasgó vivamente la noche.
—Ya puedes decir que no. Te he protegido todo el tiempo, Atticus.
El señor Underwood y una escopeta de dos cañones asomaban por la ventana de encima de la oficina de The Maycomb Tribune.
Hacía mucho que había pasado la hora de acostarme y estaba muy cansada; parecía que Atticus y el señor Underwood seguirían hablando toda la noche, el señor Underwood desde su ventana y Atticus con la cabeza levantada hacia él. Por fin Atticus regresó, desconectó la luz de encima de la puerta de la cárcel y recogió la silla.
—¿Puedo llevársela, señor Finch? —preguntó Dill.
No había pronunciado ni una sola palabra en todo el rato.
—Naturalmente; gracias, hijo.
De camino a la oficina, Dill y yo caminamos detrás de Atticus y Jem. Con la molestia de la silla, Dill andaba más despacio; Atticus y Jem iban un buen trecho más adelante, y yo presumí que Atticus regañaba airadamente a mi hermano por no haberse marchado a casa, pero me equivoqué. Cuando pasaban por debajo de una farola, Atticus levantó la mano y la pasó, como dando un masaje, por la cabeza de Jem; era el único gesto de afecto que solía permitirse.
http://www.extrujado.com/archivos/video/matar1.flv
Con ustedes una de las escenas más grandes de la historia del cine y su correspondiente texto en el libro: Matar un ruiseñor. Nunca puedo evitar estremecerme con ese “Hola, señor Cunningham”.
El señor de los anillos
Hay otra cosa entre los antiguos Hobbits que merece mencionarse, un hábito sorprendente: absorbían o inhalaban, a través de pipas de arcilla o madera, el humo de la combustión de una hierba llamada hoja o hierba para pipa, quizá una variedad de la ‘nicotiana’. Hay mucho misterio en el origen de esta costumbre peculiar o de este ‘arte’, como los Hobbits preferían llamarlo.
Morir es fácil, si sabes cómo
Allen Carr muere de cáncer de pulmón. Allen Carr es el autor del célebre libro “Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo” y de un importante chiringuito saca-dineros.
Nunca
Alguien me regaló un libro que empieza de este modo:
Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos. Cuando me embarqué ya conocía este principio atroz. Pero hay verdades que merecen nuestra atención, y hay otras con las que no conviene mantener diálogos.




