Mi estanquero está vivo

Nos hemos visto de lejos y hemos reparado el uno en el otro. Cuando estaba apenas a unos metros de mi, unos hombres con gafas y traje oscuros le han cogido en volandas y metido en un coche.

Hace un par de semanas escribí este texto inspirado en no sabía muy bien qué, pero este último fin de semana, volví a ver casualmente ese pedazo de película llamada El Show de Truman y todo cobró sentido. Demasiado sentido.

Cada día eres más y más simple

Como te suelo leer y veo que cada día eres más simple, y ahora hasta te haces videos frikis… toma, un nuevo modelo especial para ti.

Mechero para tontos
En el episodio anterior…

Eres más simple que el mecanismo de un mechero

Igual que toda la amplia colección de mecheros que me voy pertrechando desde que volví a fumar, éste también me lo ha regalado mi estanquero al comprarle el consabido cartón de Lucky. Dado que suele meter el mechero directamente en una bolsa junto con el tabaco, no me he fijado en la pegatina hasta que he llegado a casa y lo he sacado. Durante unos segundos me he quedado mirando la pegatina sin saber muy bien qué pensar. Luego, cuando he sabido qué pensar, he vuelto al estanco, me he asomado a la puerta y he gritado al estanquero: ¡¡¡Y tú más, jodido cabrón hijodeputa!!! Después he salido corriendo.

Mechero con instrucciones de uso
Éste es el puto mechero.

¿Estaré fumando mucho?

Mi estanquero ha vuelto a regalarme un encendedor.

Mis amigos los estanqueros

Resulta que los estanqueros están muy bien organizados en asociaciones y esas cosas: aquí su página web. Lástima que la web sea para echar a correr y no parar, con todos mis respetos.

Mano dura

Juan José Millás: “Me pregunto si después de incluir en los paquetes de tabaco escenas mortuorias que induzcan, si no al arrepentimiento, al pánico, no se debería obligar a los estanqueros a trabajar en la clandestinidad.

El artículo completo en la web de Los Genoveses.

Mi estanquero y yo

En más de una ocasión he nombrado a mi estanquero (¿debería llamarle ‘extanquero’?). Y es que me tiene realmente obsesionado. La relación con el que ha sido mi proveedor estos últimos 8 años ha sido difusa, irregular, extraña. El estanco (¿debería llamarle ‘extanco’?) me pillaba un poco a desmano. Para llegar tenía que recorrer toda la longitud de mi calle, cruzar otra con demasiado tráfico y sin semáforo cercano, para luego recorrer otra más hasta el otro extremo. Muy complicado para lo que yo estaba acostumbrado. Además, la máquina expendedora del bar de la esquina me pillaba mucho más cerca: a sólo 15 segundos de mi portal. Pero, la pela es la pela, a 15 céntimos de euro de mi bolsillo. Y sin cartones. Por tanto, sólo iba al bar cuando el estanco estaba cerrado o cuando tenía una urgencia, lo cual ocurría en muchas ocasiones :-) Por ello, hubo un primer y largo tiempo durante el cual la relación fue fría y distante por mis escasas y dispersas visitas. Luego, hubo una temporada, la más reciente, durante la cual lo frecuentaba metódica y disciplinadamente, a veces incluso dos veces por semana. Regular incluso en el horario, lo que me permitía encontrarme siempre con él y no con su madre, mucho más arisca. Esto propició cierto acercamiento entre él y yo. Al poco tiempo, empezó a preguntarme “¿ducados?” nada más verme entrar. Luego continuó regalándome mecheros con cada cartón, aunque creo que sólo a partir de darse cuenta de que yo era su mejor cliente: jamás le compré una cajetilla suelta, si acaso un par, muchas veces tres, la mayoría, ya digo, un cartón. “¿Te doy una bolsa?”, me decía. Al final, incluso, llegamos a tener conversaciones de mostrador al hilo de cualquier cosa que dijera cualquier cliente que pasara por allí, del tiempo, o de lo que fuera.

La cosa es que le he dejado y me preocupo por él. Y como sé de fuente fiable que mi estanquero tuvo problemas con el caballo, ahora no puedo dormir pensando en que mi ausencia le pueda hacer recaer. El otro día, mientras yo estaba en clase, vi a su madre desde la ventana. Estaba abajo, como esperando a alguien. Pasó un rato, volví a mirar y ahí seguía. Miré tres o cuatro veces más y no se iba. Pensé que me estaba esperando para darme alguna mala noticia sobre su hijo y pedirme de rodillas que volviera a fumar. Después de unos minutos, miré una vez más y se había ido. Uf.

Dos meses

Hoy hace dos meses que dejé de fumar. Desde aquí quiero aprovechar esta ocasión para enviar un saludo a mi estanquero, al que ayer vi pidiendo limosna en la puerta de la iglesia. Siento mucho que todos esos mecheros que me regalabas al comprar cada cartón de ducados no te sirvieran para fidelizar un cliente más. Por otro lado quiero dar mi más sincera enhorabuena a todos aquellos a los que os molestaba mi humo. Lleváis dos meses que no os lo creéis, ¿eh?