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Mi radio nueva

RadioEsta mañana he comprado una radio nueva, de esas pequeñas y a pilas para poder llevarla de un sitio a otro mientras hago cosas en casa. Tras regresar de la tienda, sin tan siquiera sacarla de la bolsa ni desembalarla, nada más apoyarla, tal vez con demasiada contundencia, sobre la mesa del estudio, la radio ha empezado a sonar de forma espontánea y a un volumen elevadísimo, volumen que traspasaba con suma facilidad todos los envoltorios. El susto ha sido importante, así que de pie y bastante desasosegado, me he puesto a desenvolver la radio rápidamente con el fin de apagarla. Primero quitando el retractilado, luego abriendo la caja, extrayéndola del típico molde de porexpán y, finalmente, sacándola de una última bolsa como de celulosa. Dados los numerosos botones del aparato y que todavía no me eran familiares, he optado por lo más fácil, rápido e intuitivo y he girado la rueda del volumen hasta el tope minimo para poder silenciar la radio inmediatamente. Me he sentado, he respirado hondo y he intentado relajarme un poco. Aún así, todavía he mirado la radio algo desconfiado y he buscado el típico botón de encendido y apagado, más apropiado que la simple rueda del volumen. Mientras lo hacía, me he dado cuenta de que el dial digital de la radio marcaba la sintonía de la Cope, lo cual no ha ayudado precisamente a relajarme. Finalmente, he encontrado el dichoso botón de apagado y lo he pulsado. Luego, todavía con cierto recelo, he vuelto a mover la rueda del volumen, esta vez en sentido contrario, y he comprobado que, efectivamente, la radio se había apagado por completo. Por si acaso, me he vuelto a fijar en el dial y ya no marcaba sintonía sino la hora. “Sí, está apagada” me he dicho, y he vuelto a respirar hondo.

Más tarde, buscando una explicación a lo sucedido, me ha venido a la cabeza el dicho aquel de que las armas las carga el diablo, y he deducido que a los aparatos de radio les debe suceder algo parecido: los carga la Conferencia Episcopal, que no deja de ser una especie de diablo. Luego, he divagado sobre la posibilidad de que la radio hubiera podido oler, yo qué sé cómo ni con qué transistor, los restos de la anterior, destrozada y hecha añicos, a la que iba a sustituir, e imaginándose como posible causa del óbito un mal funcionamiento de su congénere, hubiera querido hacerse la diligente y dejar clara su buena disposición a servirme encendiéndose espontáneamente nada más llegar a casa. Enseguida me he dado cuenta de las gilipolleces que se me estaban pasando por la cabeza y he preferido apagar también esa parte de mi cerebro que, a veces, le da por pensar por su cuenta.

Por cierto, ya sé que hubiera tenido mucho más morbo contar qué es lo que le pudo pasar a la vieja radio con la puerta del baño (esto es una pista) para que quedara destrozada. Sin embargo, lo dejo a la imaginación de los lectores.

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