Las llaves
Termino la clase. Voy al despacho de administración a buscar las llaves para cerrar el aula, pero las llaves no están en su cajón.
—¿Dónde están las llaves?— pregunto.
—Las tendrá Elena, que habrá ido a fumar al aula de teórica— me contestan todas al unísono.
Aprovechando que está de pie, Raquel me acompaña al aula de teórica a buscar las llaves. Intenta abrir la puerta pero está cerrada con llave.
—Ah, pues no está, qué mal pensadas somos— dice.
—¿No habrá cerrado por dentro para que nadie la pille fumando?— pregunto.
Raquel no me hace ni caso, pero cuando nos estamos volviendo, oímos que alguien abre la puerta desde dentro. Es Elena que sale del aula hablando por el móvil.
—¿Lo ves? Se había encerrado para que nadie la molestara mientras hablaba— dice Raquel.
Raquel vuelve a su despacho y yo espero a que Elena cierre y me dé las llaves mientras continúa hablando por el móvil. De forma rápida y con un gesto extraño en su mano me entrega el llavero, pero no logra evitar que vea la colilla apagada entre sus dedos.
Tos
Estos días ando con el tiempo justo a mediodía y tengo que comer en la única cafetería que me pilla de paso y que tiene sandwiches rápidos y decentes, con la casualidad de que es de las poquitas que hay en toda la ciudad para no fumadores. Está medio vacía, claro. Pues hoy, estaba yo comiendo mi sandwich primavera tan tranquilo y en eso que, por las prisas —valga la contradicción— me atraganto. Para no toser encima de las patatas fritas, ladeo la cabeza hacia mi derecha y veo a una chica que está fumando a escasos dos metros. Entre tos y tos, me río. También entre tos y tos, pienso que el tabaco nunca me ha provocado tos (salvo cuando lo he dejado), que vaya mierda de sandwiches y qué peligroso es el pan tostado. Una camarera advierte a la chica que está prohibido fumar y ella apaga el cigarrillo. Pero yo sigo con mi tos. No hay forma de despegar de mi faringe la miga del puto sandwich. Miro a la chica. Ella lee el periódico con la cabeza demasiado inmóvil. Creo que está mirando el periódico para no mirarme a mi. Sigo con mi tos, doy un trago a la cerveza y, por fin, se me pasa. Santa cerveza, mierda de sandwiches, puto pan tostado. El resto me lo como amargado preguntándome si esa pobre chica se estaría sintiendo culpable por una tos de la que no era responsable. Mierda de ley.

Adivina qué será lo último que prohiban vender en esta tienda.
La chica de la curva
Anoche, al volver de trabajar, paré mi coche a una joven autoestopista. Era una chica delgada, de aspecto bastante frágil. Vestía un vestido blanco bastante liviano, estaba empapada por la lluvia y temblando de frío. Paré el coche, abrí la ventanilla y le pregunté dónde iba.
—Sólo quiero llegar a la ciudad —contestó—.
Le dije que subiera, que yo la llevaba. Al cabo de unos minutos tras reanudar la marcha, noté como ella comenzaba a levantar el brazo y extender el dedo índice con intención de señalar algo. Nos apróximábamos a una curva. Antes estaban señalizadas unas obras en la calzada y disminuí la marcha, pero una pequeña zanja mal tapada hizo que el coche diera un bote que abrió la tapa de la guantera, dejando al descubierto los papeles del coche, un paquete de Lucky a medio fumar y unos cedés. El brazo de la chica se detuvo a la altura de mis cigarrillos señalándolos con su dedo índice.
—Con eso me maté yo.
E inmediatamente desapareció como un fantasma.
—¿Será imbécil la niña? No está el tiempo como para ir andando a ninguna parte —pensé para mi—.
Y continué mi camino.
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Basado en la leyenda urbana de la chica de la curva, evidentemente.
La Guardia Civil ya me conoce
Llevo 7 años conduciendo, y en este tiempo la Guardia Civil solamente me ha parado una vez: ayer. Por razones que se entenderán facilmente me veo en la obligación de contarlo. Para regresar del trabajo tengo que pasar continuas travesías con limitación de velocidad a 50, un par de glorietas y algún stop. Luego llega la autovía y derechito a casa. Sobre todo cuando estoy deseando llegar a casa, el primer tramo me resulta bastante exasperante ya que es una carretera poco concurrida, nada peligrosa, con pocas curvas y buena visibilidad, así que suelo ir rozando los 65-70 km/h —al límite de los posibles radares móviles—, atravieso las glorietas trazando líneas rectas y en los stops no me detengo por completo. Eso en un día relajado. Pero si ando distraído pensando en mis cosas, estresado, o si llevo compañía y voy conversando, mi atención y respeto a las señales de tráfico y al velocímetro se reduce al mínimo. Llevaba tres años haciendo con Fernando el mismo camino de vuelta a casa todas las tardes sin incidente alguno… hasta ayer. Justo tras terminar ese primer tramo, al comenzar el carril de incorporación a la autovía, un guardia civil me da el alto. Me he saltado un stop, he pisado una linea continua, no he cedido el paso, he apretado demasiado el acelerador, no he puesto las luces… he pensado en una fracción de segundo. Detengo el coche, bajo la ventanilla, el benemérito se me aproxima y me dice:
-Buenas tardes.
-Buenas tardes.
-¿Me podría dar fuego?
-¿¿Eh??… ¿Eh? Ehmmm… Por… por supuesto, faltaría más.
Le dejo mi mechero, enciende su puro a medio fumar y…
-Gracias. Puede continuar.
-De nada, hombre. Adiós.
-Adiós.
¿Cómo demonios quieren que deje de fumar? En cualquier caso…
Amanece que no es poco (1988)
El hombre del sur
El hombrecillo movió su mano de nuevo.
-Oígame, nos vamos a divertir: hacemos la apuesta. Luego subimos a mi habitación del hotel al abrigo del viento y le apuesto a que usted no puede encender su encendedor diez veces seguidas sin fallar.
-Le apuesto a que puedo -dijo el muchacho americano.
-De acuerdo entonces…, ¿hacemos la apuesta?
-No, no, hay que hacer una buena apuesta. Yo soy un hombre rico y deportivo. Ahora escúcheme. Fuera del hotel está mi coche. Es muy bonito. Es un coche americano, de su país, un Cadillac…
-¡Oiga, oiga, espere un momento! -El chico se recostó en la hamaca y sonrió-. No puedo consentir que apueste eso, es una locura.
-No es una locura. Usted enciende su mechero y el Cadillac es suyo. Le gustaría tener un Cadillac, ¿verdad?
-Claro que me gustaría tener un Cadillac. -El cadete seguía sonriendo.
-De acuerdo, yo apuesto mi Cadillac.
-¿Y qué apuesto yo? -preguntó el americano.
El hombrecillo quitó cuidadosamente la vitola del cigarro todavía sin encender.
-Yo no le pido, amigo mío, que apueste algo que esté fuera de sus posibilidades. ¿Comprende?
-Entonces, ¿qué puedo apostar?
-Se lo voy a poner fácil. ¿De acuerdo?
-De acuerdo, póngamelo fácil.
-Tiene que ser algo de lo cual usted pueda desprenderse y que en caso de perderlo no sea motivo de mucha molestia. ¿Le parece bien?
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, el dedo meñique de su mano izquierda.
-¿Mi qué? -dejó de reir el muchacho.
-Sí. ¿Por qué no? Si gana se queda con mi coche. Si pierde, me quedo con su dedo.
-No le comprendo. ¿Qué quiere decir quedarse con mi dedo?
-Se lo corto.
Extracto de Man from the south, un relato de Roald Dahl (encontrado en Por la boca muere el pez).
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Existen varias versiones cinematográficas de este relato:
-Las de serie de televisión Alfred Hitchcock presenta… en sus dos versiones antigua (1960) y moderna (1985).
-La de la serie Tales of the Unexpected, basada en el libro del propio Dahl, de 1979 (Youtube I, II y III),
-La particular visión de Tarantino en Four Rooms en 1995 (Youtube I, II y III).
De Alfred Hitchcock presenta…, la protagonizada en 1985 por un soberbio John Houston, una joven Melanie Griffith y una veterana Kim Novak (Youtube I, II y III) tiene el suspense llevado más al límite y es la única que yo había visto hasta que me puse a seguir su pista para recordarla aquí en el blog. Sin embargo, la de 1960 interpretada por Steve McQueen y Peter Lorre tiene la mirada de jugador del primero y el fantástico movimiento de hacha del segundo. Aquí está:
1ª parte
2ª parte
3ª parte
El mejor cigarrillo (de Billy Collins)
Hay muchos que echo de menos después de haber tirado el último por la ventanilla del coche haciendo chispear la carretera, una noche hace años. El inevitable, por supuesto: después de follar, las dos puntas incandescentes, ahora las luces de un único barco; al final de una larga cena con más vino por venir y un anillo de humo flotando alrededor de la lámpara de araña; o en una pálida playa, sosteniendo uno entre los dedos todavía húmedos después de un baño. Qué agridulces esas pausas de llama y gestos; pero el mejor era el de aquellas mañanas en las que tenía alguna pequeña cosa para ir a la máquina de escribir, el sol brillaba en las ventanas, tal vez Berlioz sonaba de fondo. Iba a la cocina a por café y de vuelta al papel, enroscado en el rodillo, encendía uno y sentía su seca ráfaga mezclada con el negro sabor del café. Entonces era mi propia locomotora, dejando tras de mi una estela mientras volvía a trabajar, pequeñas nubes de humo, indicadores de progreso, signos de diligencia y reflexión, la señal que explicaba que el siglo XIX avanzaba. Ese era el mejor cigarrillo, cuando humeaba en el despacho lleno de vaporosa esperanza y permaneciendo quieto, el gran faro de mi cara apuntaba a todas aquellas palabras en lineas paralelas. (Billy Collins)
También sin subtítulos para los angloescuchantes.
Eres más simple que el mecanismo de un mechero
Igual que toda la amplia colección de mecheros que me voy pertrechando desde que volví a fumar, éste también me lo ha regalado mi estanquero al comprarle el consabido cartón de Lucky. Dado que suele meter el mechero directamente en una bolsa junto con el tabaco, no me he fijado en la pegatina hasta que he llegado a casa y lo he sacado. Durante unos segundos me he quedado mirando la pegatina sin saber muy bien qué pensar. Luego, cuando he sabido qué pensar, he vuelto al estanco, me he asomado a la puerta y he gritado al estanquero: ¡¡¡Y tú más, jodido cabrón hijodeputa!!! Después he salido corriendo.

Éste es el puto mechero.
Camareros funcionarios
Hay quien dice que a los funcionarios no les pagan por pensar. Este cuento apócrifo podría ser la prueba:
—Buenas noches. ¿Mesa para seis, por favor?
—¿Han hecho reserva?
—No, pero ya hace veinte minutos que nos han dicho que hay una mesa para seis en la terraza.
—Uffffff. Pero ya está ocupada, si llevan ustedes aquí veinte minutos tenían que haberlo dicho antes —contestó el jefe de comedor con gesto contrariado. De todos modos, vamos a ver si tenemos algo libre… ¡Sí! Han tenido ustedes suerte. Acompáñenme, por favor.
—Muchas gracias -dijo Andrés con alivio mientras encendía un cigarro.
—Ah, pero son ustedes fumadores. Entonces les tengo que dar otra mesa, porque esta es la terraza interior de no fumadores.
—Es igual, no fumamos.
—Pero ustedes son fumadores.
—Pero no vamos a fumar.
—Verá, tienen ustedes razón, y yo les daría la mesa encantado, pero el protocolo habla sólo de fumadores y no fumadores, no de fumadores que no fuman. De modo que, como ustedes son fumadores, tengo que colocarles en esa zona.
—¡Pero no pensamos fumar, así que es como si fuéramos no fumadores!, contestó Andrés tratando de contener la ira.
—Mire, caballero: yo me limito a cumplir las normas. El procedimiento dice que los fumadores deben comer en el salón de fumadores, y no distingue entre fumadores que fuman y fumadores que no fuman. Y usted es fumador, ¿no es así?
—De acuerdo. Dénos una mesa donde sea pero ya, por favor.
—A ver si tenemos libre algo en el salón de fumadores de la terraza interior… ¡Sí, vuelven a tener suerte! Acompáñenme.
Ya acomodados donde les había indicado el jefe de comedor, un camarero colocó seis ceniceros, uno para cada comensal, sobre la mesa.
—A mí me lo puede retirar, que yo no fumo -dijo Silvia.
—Disculpe ¿no fuma la señora?
—No.
—Pues me temo que está usted en la zona de fumadores.
—Porque mis acompañantes son fumadores.
—Pero usted no.
—Pero vengo con ellos.
—Pero usted no fuma. Le voy a tener que pedir que abandone la sala y se dirija a uno de los comedores de no fumadores.
—¿Disculpe? Será una broma…
—Mire, señora: yo me limito a cumplir las normas. El procedimiento dice que la sala de fumadores está destinada a los fumadores, y usted no es fumadora ¿no es así?.
—Esto ya es demasiado. Llame inmediatamente al encargado.
—Está usted en su derecho, pero yo no estoy autorizado a avisar al encargado. Debe dirigirse al camarero de caja, que le conducirá hasta el metre, quien le informará sobre cómo solicitar una reunión con el encargado.
—Es igual, déjelo —espetó Silvia al borde de la desesperación—. Era todo una broma. Sí que soy fumadora.
—¿Sí?
—Sí.
—Pues yo no veo que fume.
Silva cogió el tabaco de Inés, prendió un cigarro y aspiró una fuerte bocanada entre toses y esputos.
El cuento completo llamado Los aviesos camareros funcionarios se puede leer en Animalario.
Anoche
Anoche estuve cenando en un restaurante de no fumadores. El ambiente era irrespirable.
Una joven con aspecto de comercial novata de ienegédirect pero muy guapa
Ayer, una joven desconocida con aspecto de comercial novata de ienegédirect pero muy guapa me abordó en la calle:
—Te vendo un cáncer.
—¿De qué clases tienes, guapa?
—De todo: adenocarcinoma, cáncer de celulas pequeñas o microcítico…
—¿De células grandes no te queda ninguno?
—Sí, sí, también. Y de células no pequeñas también.
—Ah, ¿es distinto? ¿Qué son? ¿Medianas?
—No, las hay grandes, pequeñas y no pequeñas.
—Ahh…
—También tengo alguno bronquialveolar, de células escamosas…
—Mmmmm… no, déjalo…
—… epidermoides, anaplásicos…
—Caramba, qué surtidito… Pero no, no me interesa nada por ahora, gracias.
—Está bien. ¿Me puedes decir tu nombre? Es para las estadísticas…
—Extrujado. ¿Y el tuyo?
—Me llamo Tina, Nico Tina.
—Adiós, Tina.
—Adiós.
En un bar muy cercano, mientras tomaba un café y me fumaba un cigarrillo, estuve hojeando un periódico donde leí la siguiente noticia:
La nueva composición del tabaco, que reduce los ingredientes más tóxicos, junto con la mayor porosidad de los filtros, ha hecho disminuir el carcinoma microcítico pulmonar, el más agresivo, mientras que aumentó la prevalencia de otros tipos.
Dejé ochenta céntimos sobre la barra, di el último sorbo al café y salí del bar. Desde la puerta, vi cómo la joven chica con aspecto de comercial novata de ienegédirect pero muy guapa continuaba con su trabajo acercándose a algunos viandantes que luego huían despavoridos. Me acerqué a Tina notando cómo observaba mi forma de apurar y apagar mi cigarrillo:
—Tina, perdona… ¿sólo vendéis o también cambiáis?
—También cambiamos.
—Ahá… Perfecto. Adiós.
—Hasta pronto.
Durante todo el camino a casa, no hice más que preguntarme por qué todas esas chicas con aspecto de comerciales novatas de ienegédirect pero muy guapas tienen cierto aire de recién licenciadas universitarias tratando de ganarse sus primeras pelas. Antes de llegar a mi portal, también me dio tiempo a preguntarme por qué Tina me dijo hasta pronto en negrita, y si no me habría estado tomando el pelo con eso del tamaño de las células. Como suele sucederme casi siempre, las preguntas se me cayeron por el hueco del ascensor así que, una vez en casa, me olvidé de Tina y, ya en el sofá, en posición decúbito supino y encendiéndome otro cigarrillo me dispuse a relajarme pensando en el extraño caso y feliz encuentro de los verbos hojear y ojear.







