¿Dónde los venden?
Hallan genes que podrían aumentar la capacidad de una persona para dejar de fumar.
Dejé las drogas pero sabía perfectamente dónde las había dejado. Creo que lo recordé en el mismo instante en que, supongo que de forma inconsciente, olvidé mis genes en alguna parte. El problema es que a estas alturas ya no me acuerdo donde los puse o donde se me cayeron. ¿Se me caerían cuando fuí a comprar mi primer paquete de tabaco? He preguntado en el estanco pero me han dicho que no han visto nada. Además, después de observar mi aspecto y con intención de librarse de mi lo más rápidamente posible, me han aclarado que al final de cada jornada suelen deshacerse de los desperdicios que los clientes dejan en su local. ¿Mis genes un desperdicio? Me han dado ganas de darles la razón, y lo hubiera hecho de no ser porque ya les doy bastante dinero a lo largo de la semana. Al salir, sin embargo, he continuado buscando mis genes. He recorrido el camino de casa al estanco y del estanco a casa decenas de veces, mirando detenidamente al suelo, revolviendo en las papeleras, en los contenedores de basura orgánica… He preguntado en las tiendas de los alrededores, incluso a mis vecinos por si se me hubieran caído en la escalera o el ascensor, pero nadie me dice nada. He entrado en casa y he llamado al hospital donde nací y me han dicho que no les quedan repuestos. Qué suerte tienen algunas, he pensado.
Actualización 4-5-2007: El veneno de una araña causa erecciones de varias horas. ¿Dónde venden esas arañas? Ehmmm, que no son para mi, que son para un amigo…
Dilatando el abdomen
Ayer encontré por casualidad esta columna de Juan José Millás publicada el 3 de septiembre de 1999 en El País.
Iba en el avión tratando de no pensar en el tabaco, cuando el señor de al lado comenzó a dilatar el abdomen de un modo repugnante al tiempo que expulsaba por la boca un hilillo de aire amenizado con saliva. Era evidente que se trataba de un loco, de modo que hice señas a la azafata, por si se tratara de un loco agresivo, y cuando se acercó le dije al oído lo que sucedía. “Este hombre no hace más que dilatar el abdomen y a mí me da mucho asco”. “No se preocupe, se trata de un fumador con síndrome de abstinencia. iberia ha recomendado a los fumadores que dilaten el abdomen y expulsen el aire poco a poco. Es lo último en métodos para combatir la adicción al alquitrán”.Pensé, como es lógico, que la azafata estaba loca también y decidí darle la razón mientras encontraba la oportunidad de advertir al comandante. En esto, mi vecino comenzó a observar el minutero del reloj con una atención desmesurada mientras mantenía el abdomen más dilatado que una garrapata. El aire empezaba a salírsele por las costuras. Y por las orejas. Parecía un neumático en plena agonía. Comencé a inquietarme seriamente y a la primera oportunidad abandoné el asiento e hice como que iba a los lavabos de la parte delantera. Vi a otros tres o cuatro locos dilatando el abdomen mientras contenían la respiración y se fijaban como obsesos en la esfera del reloj. Quizá viajaba con nosotros un manicomio entero, pensé aterrorizado, así que en un descuido de la azafata me colé en la cabina de mando y encontré al comandante fumando como un carretero. Le dije que el avión iba lleno de locos con el abdomen dilatado y me dijo que no, que eran fumadores a quienes la compañía había recomendado hacer ese asqueroso ejercicio para aliviar el mono. “Pues casi sería preferible que fumaran”, dije yo. “No estoy dispuesto a ir hasta Buenos Aires al lado de un individuo con el abdomen dilatado. Por cierto ¿me da usted una calada?.” “De eso nada: dilate el abdomen como todo el mundo”. Ya en Buenos Aires, y después de haber estado tantas horas sin fumar, decidí que era la oportunidad de dejarlo. Y lo dejé, pero ahora no puedo dejar de dilatar el abdomen, lo que resulta socialmente peor visto que fumar.
El enigma
En Francia hay una señora a la que han metido en el Libro Guiness de los récords porque tiene 120 años, que es una edad de muerte. [...] Se llama Jeanne Calment, y dejó de fumar a los 117 años. Estas noticias siempre las lees cuando has dejado el tabaco hace una semana y estás buscando argumentos para volver.
¿Cuál es el enigma del que habla Juan José Millás? Extraído del libro Cuerpo y prótesis, está integramente reproducido en su web.
La úlcera
Dice un médico amigo que si cuando nos apetece fumar, en lugar de encender un cigarrillo tiráramos veinte pesetas a la basura no nos costaría tanto dejarlo. Para algunos, sin embargo, se trata de una posición excesivamente economicista. Es cierto que el abandono del tabaco se traduce en un ahorro, asegura un estanquero paradójico al que luego me referiré, pero lo más importante es lo que se gana en salud. Por eso, mejor que tirar las veinte pesetas a la basura, es trágarselas. Se traga uno veinte pesetas en monedas de duro tantas veces como ganas tenga de encender un cigarrillo y a las veinticuatro horas ha de acudir a urgencias para que le hagan la cesárea. Entonces es cuando se da uno cuenta de lo malo que es el tabaco para la salud, pues el humo, aunque no pesa, hace tanto daño a los pulmones como la calderilla al estómago. Ahora bien, hay gente tan viciosa que cuando recupera el dinero, todavía con la cicatriz cruda, va a un estanco y se compra un paquete. [...]
El artículo de Juan José Millás, extraído del libro Cuerpo y prótesis, íntegro en su web.
Un misterio
Un sacerdote logró abandonar el tabaco y a los pocos días dejó de creer en Dios. Colgó, pues, los hábitos y consiguió trabajo como dependiente en una tienda de objetos religiosos.[...]Un día conoció a una mujer que se enamoró de él, pese a que le había contado su vida, sus adicciones anteriores, sus dudas. Al poco la invitó a su habitación y pasaron la noche juntos en la cama de hierro. Después de hacer el amor por primera vez, él se puso boca arriba, contemplando el techo del dormitorio con expresión ausente, y en lugar de fumar, que es lo que apetece en esos momentos, le dieron unas ganas incontenibles de creer en Dios. Creyó en Dios diez minutos, el tiempo de un Marlboro, y le supo mejor que el cigarrillo que encendemos al salir del cine.[...]
El artículo de Juan José Millás, extraído del libro Cuerpo y prótesis, está integramente reproducido en su web.
Mi radio nueva
Esta mañana he comprado una radio nueva, de esas pequeñas y a pilas para poder llevarla de un sitio a otro mientras hago cosas en casa. Tras regresar de la tienda, sin tan siquiera sacarla de la bolsa ni desembalarla, nada más apoyarla, tal vez con demasiada contundencia, sobre la mesa del estudio, la radio ha empezado a sonar de forma espontánea y a un volumen elevadísimo, volumen que traspasaba con suma facilidad todos los envoltorios. El susto ha sido importante, así que de pie y bastante desasosegado, me he puesto a desenvolver la radio rápidamente con el fin de apagarla. Primero quitando el retractilado, luego abriendo la caja, extrayéndola del típico molde de porexpán y, finalmente, sacándola de una última bolsa como de celulosa. Dados los numerosos botones del aparato y que todavía no me eran familiares, he optado por lo más fácil, rápido e intuitivo y he girado la rueda del volumen hasta el tope minimo para poder silenciar la radio inmediatamente. Me he sentado, he respirado hondo y he intentado relajarme un poco. Aún así, todavía he mirado la radio algo desconfiado y he buscado el típico botón de encendido y apagado, más apropiado que la simple rueda del volumen. Mientras lo hacía, me he dado cuenta de que el dial digital de la radio marcaba la sintonía de la Cope, lo cual no ha ayudado precisamente a relajarme. Finalmente, he encontrado el dichoso botón de apagado y lo he pulsado. Luego, todavía con cierto recelo, he vuelto a mover la rueda del volumen, esta vez en sentido contrario, y he comprobado que, efectivamente, la radio se había apagado por completo. Por si acaso, me he vuelto a fijar en el dial y ya no marcaba sintonía sino la hora. “Sí, está apagada” me he dicho, y he vuelto a respirar hondo.
Más tarde, buscando una explicación a lo sucedido, me ha venido a la cabeza el dicho aquel de que las armas las carga el diablo, y he deducido que a los aparatos de radio les debe suceder algo parecido: los carga la Conferencia Episcopal, que no deja de ser una especie de diablo. Luego, he divagado sobre la posibilidad de que la radio hubiera podido oler, yo qué sé cómo ni con qué transistor, los restos de la anterior, destrozada y hecha añicos, a la que iba a sustituir, e imaginándose como posible causa del óbito un mal funcionamiento de su congénere, hubiera querido hacerse la diligente y dejar clara su buena disposición a servirme encendiéndose espontáneamente nada más llegar a casa. Enseguida me he dado cuenta de las gilipolleces que se me estaban pasando por la cabeza y he preferido apagar también esa parte de mi cerebro que, a veces, le da por pensar por su cuenta.
Por cierto, ya sé que hubiera tenido mucho más morbo contar qué es lo que le pudo pasar a la vieja radio con la puerta del baño (esto es una pista) para que quedara destrozada. Sin embargo, lo dejo a la imaginación de los lectores.
El auténtico Millás
Juan José Millás escribe:
A lo largo de mi vida he dejado de fumar cuatro o cinco veces, la última hace diez años, por lo que probablemente será la última. En todas y cada una de las ocasiones mencionadas llegaba un momento fatídico: aquel en el que soñaba que fumaba. Me levantaba de la cama con un sentimiento de culpa insoportable y, todavía con el sabor del tabaco en la boca, salía de casa en busca de un bar, donde compraba un paquete y regresaba a donde solía. De todas mis recaídas han tenido la culpa los sueños. De un tiempo a esta parte, he vuelto a fumar en los sueños sin que ello me conduzca a fumar en la vida real. Da la impresión de que he encontrado la frontera entre un mundo y otro. Me despierto tranquilo, sabiendo que acabo de salir de un territorio con sus leyes específicas, para entrar en otro en el que mis hábitos son diferentes.
Sigue leyendo en La Opinión de A Coruña.
Taxistas y fumadores
Juan José Millás:
Estaba, pues, dándole vueltas al modo de responder a aquella provocación cristiana cuando advertí que el sujeto tenía forrado el taxi con duras advertencias a los fumadores, así que saqué un paquete y encendí un cigarro.
El artículo completo en su web.
Equilibrio universal
Juan José Millás:
Dejé de fumar porque comprendí que el tabaco no sólo dañaba mis pulmones, sino que alteraba el equilibrio universal…
El artículo completo en su web.







