Como Dios
Al tercer bar, el vicio resucitó. Creo que, después de escribir la última anotación, debí tardar una hora en vestirme y bajar a buscar un bar abierto. Bueno, al menos no hice como antiguamente en estas situaciones de pijama y pocos bares abiertos: coger el teléfono y pedir una pizza -o un arroz tres delicias, daba igual- para que, de paso, me trajeran tabaco, aunque creo que esto ahora es ilegal, lo del tabaco digo, aunque tal y como se han puesto con las hamburguesas en breve también será ilegal pedir algo distinto de una ensalada.
A propósito, el otro día leí la siguiente cita en el libro “Las drogas, de los orígenes a la prohibición” de Antonio Escohotado:
En lo sucesivo será asunto del médico salvar a la humanidad del vicio, tanto como hasta ahora lo fue del sacerdote. Concibamos a los seres humanos como pacientes en un hospital; cuanto más se resistan a nuestro esfuerzos por servirlos, más necesitarán nuestros servicios.
Lo dijo Benjamin Rush en 1785, uno de los padres fundadores de la nación americana, en el primer llamamiento a la ley Seca. Pues a mi me suena tan actual… Pero Escohotado cuenta más adelante:
El Volstead Act, que los europeos conocemos como ley Seca, entró en vigor a comienzos de 1920 con la expresa finalidad de “crear una nueva nación”. El propio senador Volstead difundió ese día un mensaje a través de la prensa y la radio, donde entre otras cosas dijo:
“Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno.”
No vale reirse.
Feliz año a todos
Excepto a Emilio Botín, Isidoro Álvarez, Mohamed VI y demás síndromes de similar etiología y/o evolución.
No, no he dejado de fumar con el nuevo año. Y no es que no lo haya pensado, sobre todo por la gripe que, casi siempre, suele celebrar su nochevieja en mis senos nasales y mi cavidad faríngea. Pero ni el dolor de garganta, ni los desagradables escalofríos de 39,5º de fiebre me quitan las ganas de fumar. En cualquier caso, ahora estoy en casa en pijama, hay pocos bares abiertos, me queda sólo un cigarrillo… Quién sabe. Que nadie me provoque ni para lo uno ni para lo otro.
Ah! también exceptúo a Mercedes Milá.
¿Estaré fumando mucho?
Mi estanquero ha vuelto a regalarme un encendedor.
Volviendo a fumar
Una de las ventajas de escribir este blog y de que algunos de tus amigos y conocidos lo lean es que, cuando me ven por primera vez desde hace dos meses para acá, no se sorprenden de que saque tabaco y mechero y fume, y apenas me dicen nada. De cualquier forma, por si acaso, yo ya tenía preparada una respuesta que me apunté hace semanas después de ver la película francesa Pintar o hacer el amor a cuyo protagonista le preguntaban la misma gilipollez cada vez que algún amigo le veía encender un cigarrillo: “Ah, pero… ¿has vuelto a fumar?”. Sin ningún tipo de rubor, al contrario, todo serio y convencido, el hombre siempre respondía que no. Lamentablemente, yo no tengo los reflejos del personaje de la película y afortunadamente tampoco tengo amigos tan idiotas como él, con lo cual todavía no he podido poner en práctica tan aguda contestación. En cambio, yo tengo amigos, amiga en este caso, como Susana (cada día estás más guapa, niña) que no me pilló fumando pero sí con una cajetilla de tabaco recién comprada en la máquina del bar donde la encontré. Sorprendidísima, mira la cajetilla y me dice: “¿No habr…? Ah, no… que no es para ti… ¿verdad?”. Algo avergonzado, le contesté que sí, que era para mi. Otro amigo, Iván, me dijo: “¡¡Así me gusta!! ¡¡que te dejes de tonterías!!”
He vuelto a fumar
Sí. Un paquete, y algo más, de Lucky Strike diario.


