Sí, he fumado en el Sáhara

American Legend¿Qué pasa? Allí no lo tienen prohibido, ni siquiera dentro de las haimas. Eso sí, allí estabamos nosotros, los avanzados occidentales, para que Hussein recibiera la mirada asesina de Lucía cuando le echó el humo a la cara sin haber terminado de comer, o para que Chej no se librara de la reprimenda de Clara cuando le estaba intentando curar una herida en la boca. “Lo primero que tienes que hacer es dejar de fumar”, le dijo. Él, como buen fumador, se dió la vuelta y salió corriendo sin esperar a que le curara. Normal. Clara, además de médico, era la única fumadora de nuestro grupo.

En los campamentos, casi todo el mundo fuma American Legend, que ’sólo’ les cuesta 50 céntimos la cajetilla ó 2 euros el cartón. Estos precios los pongo en duda, ya que mi fuente, Salek, no era muy fiable que digamos. Y es que fue Salek quien también me dijo que el domingo el Barça había ganado 5-0 al Chelsea, lo cual me pareció un poco extraño -por ser domingo, no por el resultado-, que Braveheart estaba protagonizada por Antonio Banderas, y que Lucía se parecía a Antonio, un amigo suyo de Zafra (Badajoz) donde había estado trabajando durante dos meses. Legend, como así lo abrevian allí, es un rubio bastante suave, lo cual invitaba a un exfumador ya deshabituado como yo a atreverse a probarlo. La arena de los campamentos estaba llena de cajetillas vacías de Legend, y tampoco me resistí a hacer una foto a una. Pero yo, sobre todo, fumé Lucky, que era lo que mi camello en el desierto, Clara, me proporcionaba allí. Los escasos cigarrillos, cuatro nocturnos como máximo y, eso, el último día, siempre estaban acompañados de unos traguitos de Cardhu en petaca, y de mis lexatines. Así de bien he dormido en el Sáhara. “Ahí van los yonkis”, decía Carmen, incorporada al viaje a última hora, cuando, después de cenar, nos veía salir de la haima cargaditos de drogas blandas.

Para vuestra tranquilidad, después de la noche del día 7, la última allí, no he vuelto a fumar nada. Ni siquiera de la pipa (tuba) que allí compré y que tengo que probar un día de estos.

¿El inicio del principio del fin?

Ayer, otra vez, fumé dos cigarrillos. Bueno, uno y medio. A la mitad del segundo tuve que ir al baño precipitadamente. Todavía no sé si fue debido a mi falta de costumbre al tabaco rubio, a la borrachera, o a ambas cosas al mismo tiempo. También pudiera ser que no estoy habituado a beber tanta cerveza. Y es que esta vez no fumé en compañía de una rubia sola, sino de 5 jarras gigantes y un amigo fumador y, además, en un bar donde se fuma y se fuma mucho.

He de confesarlo: estoy avergonzado. Avergonzado de emborracharme con sólo 5 cervezas. Bueno, y también de haber fumado otra vez. Qué mal… Hasta me avergüenzo de avergonzarme de fumar un par de tristes cigarrillos. Pero sobre todo me avergüenzo de contar aquí esta pequeña miseria de exfumador. Qué triste…

Como ya dije la otra vez: me sigo considerando exfumador, y las cuentas que figuran ahí arriba y en el Quitómetro no se interrumpen y siguen adelante. Que se jodan los estadísticos.

Ayer fumé

Ayer fumé tres marlboros. Sí, fumé. Compré una cajetilla en una máquina de un centro comercial asturiano, y acompañado de una despampanante rubia andaluza de nombre Cruz y apellido Campo, me fumé tres cigarrillos, sólo tres, que me supieron a gloria, a pesar de que los alveólos pulmonares parecían querer protestar.

Hoy, el resto de la cajetilla con sus 17 cigarrillos debe estar en algún lugar de la A-64 salvajemente aplastado por algún vehículo, quien sabe si por un camión con trailer.

Ah, dos avisos para los lectores:

¡Vaya! Al final me han salido cinco.

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